Una oferta de trabajo como albañil, cocinero, guardia de seguridad o paramédico cambió la vida de varios bolivianos. Algunos aseguran que viajaron engañados; otros admitieron que sabían que ingresarían a un conflicto armado atraídos por los altos salarios. Hoy, mientras la Fiscalía investiga una presunta red de trata de personas, sus familias viven entre la incertidumbre y la esperanza, esperando una señal que confirme dónde están y qué ocurrió con ellos.

«Si en dos meses no me comunico, vayan a la Embajada de Bolivia». La frase quedó grabada en la memoria de la familia de Ezequiel Cuéllar M. como una despedida que nunca imaginaron escuchar. El joven, de 21 años, salió del país convencido de que encontraría una oportunidad laboral en Rusia. Después de un entrenamiento de apenas dos semanas, según relató a sus familiares, ingresó a la primera línea de combate. Desde el 21 de mayo nadie volvió a escuchar su voz.
Su historia no es un caso aislado. En distintas zonas de Santa Cruz, madres revisan el celular cada mañana esperando un mensaje. Padres conservan fotografías enviadas desde Rusia. Esposas reproducen una y otra vez los últimos audios. Hijos observan videos en los que sus familiares todavía sonríen vestidos con uniforme militar, sin imaginar que aquellas imágenes podrían convertirse en los últimos recuerdos.
Las historias cambian de nombre, edad y profesión, pero repiten un mismo patrón; promesas de salarios imposibles de conseguir en Bolivia, ofertas de trabajo difundidas por redes sociales, viajes organizados en pocos días y contratos escritos en ruso que varios aseguran nunca comprendieron.
Mientras algunas familias sostienen que sus seres queridos fueron engañados con ofertas para trabajar como albañiles, cocineros, guardias de seguridad o paramédicos, otras reconocen que ellos sabían que ingresarían a una guerra, aunque aceptaron el riesgo porque veían en esos salarios la posibilidad de sacar adelante a sus familias.
Ahora todos comparten la misma incertidumbre. No saben si están vivos. No saben dónde están. Y, en algunos casos, ni siquiera saben si algún día podrán recuperar sus cuerpos.
UNA PROMESA QUE TERMINÓ EN EL FRENTE
Cuando Ezequiel decidió viajar, explicó a su familia que trabajaría en labores civiles. Su tía recuerda haber intentado convencerlo de desistir.
—¿Cómo hijo te vas a ir a Rusia si está en guerra? — le preguntó.
Él respondió que lo contratarían para trabajar como albañil, cocinero o guardia de seguridad.
Una vez que llegó, la realidad cambió. Contó que recibió entrenamiento militar durante apenas dos semanas. Después lo enviaron directamente al frente. También relató que le quitaron el pasaporte y el celular y que solamente le entregaron uniforme y municiones.
La última conversación quedó marcada por una advertencia.
«No sé si voy a salir vivo», les dijo.
Después pidió que, si dejaba de comunicarse durante dos meses, acudieran a la Embajada de Bolivia y a la Cancillería para denunciar su desaparición. Desde entonces, el silencio ocupa el lugar de sus llamadas.
«SE FUE PARA SACARNOS ADELANTE»
La esposa de José María Soleto tampoco supo del viaje hasta que ya era demasiado tarde. Él le contó que recibiría 16.000 dólares apenas llegara a Rusia y un salario mensual mucho mayor. Con ese dinero soñaba con cambiar la situación económica de su familia. 20 días después de arribar envió 20.000 bolivianos.
Fue el único dinero que recibieron. Luego comenzaron los entrenamientos. En los videos enviados a Bolivia aparecía vestido con uniforme militar, caminando entre trincheras y refugios improvisados junto a otros combatientes latinoamericanos. Hablaba con naturalidad, bromeaba con sus compañeros y describía el lugar donde permanecían. Días después las comunicaciones se cortaron.
Un hombre que se identificó como uno de los mandos del pelotón llamó a la familia para comunicarles que José María había muerto en combate. Ante el pedido de recuperar sus restos, les respondió que no era posible porque el cuerpo había quedado en la zona de enfrentamientos. Incluso les sugirió realizar un velorio simbólico para despedirlo.
Su esposa todavía se aferra al último recuerdo. «Se fue con la ilusión de sacarnos adelante», repite. Su primo Iván Valdivia emprendió el mismo viaje. Hoy ambas familias esperan respuestas oficiales. Los allegados reconocen que ellos sabían que ingresarían a la guerra, pero cuestionan las condiciones en las que terminaron combatiendo.
«Queremos que vuelva con o sin vida», resume uno de sus familiares.
SOBREVIVIR ES EL PRIMER PASO; VOLVER, OTRA BATALLA
La guerra también dejó historias de quienes lograron escapar de la muerte, pero no del conflicto. Carlos Calderón llegó a Rusia en abril. Su familia creyó que participaría en labores relacionadas con zonas de desastre, no en operaciones militares. Poco después ingresó a una misión de combate.
El 19 de mayo salió al frente. Días más tarde llamó desde un hospital. Una explosión provocada por un dron lo hirió en la pierna. Durante una videollamada tranquilizó a su madre y aseguró que seguía con vida.
Su hermana viajó hasta Rusia con la esperanza de traerlo de regreso. Cuando finalmente logró abrazarlo descubrió otra realidad. Carlos era el único sobreviviente de su pelotón. «No podían sacarlo porque había firmado un contrato», dice una familiar.
Carlos escribió una declaración en la que renunciaba al contrato y a cualquier compromiso asumido, dejando en claro que ya no le interesaba ninguna de las promesas que le habían hecho y que su única voluntad era regresar a Bolivia. También agradeció al personal que lo atendió tras resultar herido.
Sin embargo, su retorno aún es incierto. Su familia continúa esperando una respuesta sobre su situación y las gestiones para lograr su repatriación. Mientras tanto, su hermana permanece pendiente de cualquier noticia, aferrada a un solo anhelo: que no lo vuelvan a enviar al frente de combate y que pueda regresar a Bolivia.
UNA MADRE, UN PADRE Y UN TELÉFONO EN SILENCIO
Cada familia reconstruye la historia a partir de los últimos mensajes. Esther, nunca imaginó que su padre, Juan René Nogales G. partiría a Rusia. Lo descubrió cuando recibió fotografías tomadas durante el viaje. Después comenzaron a llegar imágenes con uniforme militar.
En uno de sus últimos mensajes le escribió:
«Estas flores son para ti… la próxima semana entraremos a un lugar más fregado».
Después una mujer, cuyo cuñado compartía escuadrón con él, le comunicó que presuntamente había fallecido. No existe una confirmación oficial. Solo el silencio.
En otra vivienda boliviana, un padre todavía recuerda el día que encontró vacío el dormitorio de su hijo. El joven estudiaba Economía y aún le faltaban dos años para graduarse. Entró a la habitación y notó que sus documentos ya no estaban. Horas después Migración confirmó que había salido del país rumbo a Panamá.
Esa noche recibió un mensaje. Su hijo le dijo le decía que quería conocer el mundo y le pidió que no se preocupara. Semanas después volvió a llamarlo desde Rusia. La última conversación ocurrió el 1 de julio. «Me están mandando más lejos y voy a quedar incomunicado», le avisó.
Días atrás, recibió una llamada desde un número con código ruso. Al otro lado de la línea estaba su hijo, quien alcanzó a decirle que se encontraba bien.
Hoy, el padre pide que el Estado boliviano agote todas las gestiones para lograr el retorno de su hijo y de los demás jóvenes reclutados.
«Ninguno tiene por qué pelear una guerra ajena», afirma.
EL MISMO LIBRETO
Aunque las familias nunca se conocieron entre sí, sus relatos coinciden en detalles que se repiten. Los reclutadores ofrecían trabajo en construcción, seguridad privada, plomería, cocina o reconstrucción de viviendas dañadas por la guerra.
Prometían salarios de miles de dólares. Aceleraban la obtención del pasaporte. Organizaban los viajes.
Una vez en Rusia, varios bolivianos relataron a sus familias que firmaron contratos escritos en ruso que no pudieron entender. Después comenzaron los entrenamientos militares.
Un padre asegura que a su hijo le prometieron un empleo para reconstruir viviendas durante seis meses. Cuando llegó, le informaron que el contrato duraría un año.
Otro joven alcanzó a enviar un mensaje antes del entrenamiento. «Nos dieron armas y municiones. Mañana comenzamos. Espero que todo salga bien. Solo espero que no me maten». Después dejó de comunicarse.
En la comunidad de Rincón de Palometas, una mujer busca a cuatro integrantes de su familia; su esposo, su hermano y dos sobrinos. Todos viajaron. Todos dejaron de llamar. La última noticia que recibió fue la misma que escuchan otras familias.
«Nos van a mover a otro lugar y estaremos incomunicados durante unos meses».
LA NECESIDAD TAMBIÉN RECLUTA
Las denuncias no terminaron con quienes ya viajaron. Mientras varias familias buscaban respuestas sobre sus seres queridos, otro boliviano decidió contar que estaba a días de partir hacia Rusia.
El viaje ya tenía fecha. Los pasajes estaban pagados. El itinerario incluía escalas en Brasil y Turquía antes de llegar a Moscú (Rusia).
Asegura que le ofrecieron hasta 40.000 dólares, además de otros beneficios económicos. Aceptó por necesidad.
Como muchos otros, encontró la oferta en redes sociales. Escribió al número de WhatsApp publicado en el anuncio y comenzaron los trámites.
Le enviaron una lista de supuestos puestos de trabajo que incluía funciones de seguridad, logística, cocina, mantenimiento, conducción de vehículos y otras relacionadas con operaciones militares.
La propuesta parecía una oportunidad para salir de la crisis económica. Todo cambió cuando vio las denuncias de familias bolivianas y los reportes sobre desaparecidos y fallecidos. Canceló el viaje.
Hoy afirma que el reclutador continúa escribiéndole para convencerlo de viajar. Su testimonio demuestra que las ofertas siguen circulando y que el presunto mecanismo de captación todavía no desaparece.
UNA ADVERTENCIA DESDE EL FRENTE DE COMBATE
Las historias de las familias bolivianas avanzaban entre denuncias de desapariciones, presuntas muertes y pedidos de ayuda cuando un mensaje comenzó a circular en redes sociales.
No provenía de una madre que buscaba a su hijo ni de un padre que esperaba una llamada. Lo escribió otro boliviano que conoce la guerra desde el frente.
Luis Herbas, quien integra las Fuerzas Armadas de Ucrania, decidió dirigirse a sus compatriotas después de conocer los casos de bolivianos reclutados para viajar a Rusia.
Su experiencia, sin embargo, es distinta. Asegura que nadie lo engañó ni lo reclutó. Explica que organizó su viaje, investigó el conflicto y tomó la decisión de incorporarse al Ejército ucraniano sabiendo que ingresaría a una guerra.
Precisamente por esa diferencia, decidió lanzar una advertencia. Pidió a los bolivianos investigar cualquier oferta relacionada con el conflicto antes de aceptarla y no dejarse convencer únicamente por las promesas de dinero.
Recordó que una guerra no se parece a los anuncios que circulan en redes sociales. Es miedo. Son bombardeos. Son compañeros heridos o muertos. Es la posibilidad real de no volver a casa.
Sin referirse a casos específicos, sostuvo que si las investigaciones demuestran que algunas personas viajaron engañadas, se trataría de una situación profundamente injusta.
UN PATRÓN QUE CRUZA FRONTERAS
Lo que hoy investigan las autoridades bolivianas también aparece en otros países de América Latina.
En Perú, decenas de familias denunciaron que sus hijos, esposos y hermanos aceptaron ofertas para trabajar como cocineros, guardias de seguridad o conductores en Rusia. Poco después descubrieron que vestían uniforme militar y combatían.
Las investigaciones fiscales peruanas avanzan por presunta trata de personas con fines de reclutamiento para un conflicto armado.
Los testimonios repiten el mismo libreto. Promesas de altos salarios. Contratos escritos en ruso. Entrenamientos breves. Teléfonos confiscados. Comunicaciones que desaparecen cuando comienza el combate.
El fenómeno también alcanzó a ciudadanos de Colombia, Cuba, Nepal y varios países africanos, donde las autoridades igualmente investigan presuntos reclutamientos mediante engaños o falsas ofertas de empleo.
Las historias cambian de nacionalidad, pero conservan un elemento común: personas que buscaban mejorar sus condiciones de vida terminaron involucradas en una guerra extranjera.
LA JUSTICIA SIGUE LA RUTA DEL RECLUTAMIENTO
En Bolivia, la Fiscalía abrió tres investigaciones por presunta trata de personas con fines de reclutamiento para conflictos bélicos. Los casos reúnen, por ahora, 16 presuntas víctimas.
La investigación ya activó mecanismos de cooperación internacional con Perú, Colombia, Venezuela y Rusia para establecer el paradero de los bolivianos, identificar a los responsables y reconstruir el recorrido que siguieron desde que aceptaron las ofertas hasta su llegada al conflicto.
Como parte de las investigaciones, la Fiscalía también solicitó información a la Embajada de Rusia a través de los canales diplomáticos y coordinó operativos en Santa Cruz. En los últimos días, la Policía aprehendió a tres familiares de Amador M., señalado como el principal reclutador de bolivianos para la guerra.
Los detenidos – su hermano, su hijo y su exyerno – fueron puestos ayer ante un juez cautelar, que ordenó su detención preventiva por seis meses mientras continúan las investigaciones.
Durante los allanamientos a los inmuebles vinculados a los investigados, los efectivos secuestraron documentación y alrededor de 50 pasaportes. En tanto, las autoridades continúan con la búsqueda de Amador M., quien permanece prófugo.
Mientras tanto, la Embajada de Rusia en Bolivia rechazó cualquier vínculo con el supuesto reclutamiento de ciudadanos bolivianos. En un comunicado afirmó que no participa en esas actividades, negó tener relación con organizaciones dedicadas a captar personas para la guerra y expresó su disposición de colaborar con las investigaciones.
MÁS ALLÁ DE LA GUERRA
La guerra entre Rusia y Ucrania ocurre a más de 13.000 kilómetros de Bolivia. Sin embargo, sus consecuencias ya alcanzaron hogares bolivianos.
En algunas casas quedó una cama vacía. En otras, un teléfono que dejó de sonar.
Hay madres que conservan el último audio de sus hijos. Padres que observan una fotografía tomada antes de partir. Esposas que aún esperan un mensaje prometido para cuando terminara la misión.
Las investigaciones deberán establecer quiénes viajaron engañados, quiénes conocían realmente las condiciones que enfrentarían y si detrás de esas ofertas operó una red de trata de personas.
Pero, mientras la justicia busca respuestas, las familias enfrentan otra batalla. La de convivir con la incertidumbre.
Porque para ellas la guerra ya no aparece únicamente en los mapas o en los noticieros internacionales. Entró a sus casas el día en que un hijo, un esposo, un hermano o un padre salió de Bolivia convencido de que encontraría un trabajo mejor y dejó como último recuerdo una llamada, un video o una promesa de volver.
Hoy, ese regreso sigue siendo la única noticia que esperan.

